
Los catecúmenos recibieron los sacramentos de la Iniciación Cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) en la catedral Santa María Magdalena y en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles.
Los 48 catecúmenos (13 más que en 2025, aunque dos menos de los previstos inicialmente), tienen entre los 17 y 58 años y proceden de países como Irán, China, Indonesia, Marruecos, Angola, República Dominicana, Colombia, Honduras o Guatemala, entre otros. A ellos se suman también un gran número de españoles. En el proceso de catecumenado, han estado acompañados por sacerdotes y catequistas que los han guiado en su formación y crecimiento en la fe.
Uno de los bautizados fue Manuel Hervás, un joven de 18 años de Aranjuez, que inició su camino de fe en el verano de 2024. Procedente de una familia no creyente, fue ateo y después agnóstico, «estaba muy alejado de Jesús», reconoce.
Su conversión comenzó en medio de una crisis personal vinculada a una relación con una chica, con la que «tenía una sensación constante de que algo no andaba bien» y «presentimientos» que le «torturaban por dentro». Así pues, rezó «por primera vez sin saber muy bien qué decir» y, más tarde, «entre lágrimas», pidió a Dios que apartara de su vida a quien no le convenía, explica. Esto lo describe como su «primer acto de fe».
A partir de entonces, su cambio fue rápido: «mi visión del mundo cambió por completo» y decidió bautizarse «con la certeza de que era voluntad de Dios». Entre los frutos de este proceso, destaca el perdón: «pasé del rencor a desearle sinceramente lo mejor».
Para Martha Castro, mostoleña de 24 años, el deseo de bautizarse surgió gracias a un amigo «muy creyente» y a un sacerdote. Reconoce que la fe siempre había estado presente en su vida, aunque fue un momento difícil el que marcó un punto de inflexión: «con 16 años mi padre se murió, y eso me hizo acercarme un poco más a Dios».
Desde entonces, su camino fue creciendo poco a poco, y el paso definitivo llegó ya en la universidad, gracias a nuevas amistades con quienes empezó a ir a misa y le animaron a bautizarse.
Tras recibir el bautismo, lo vive como un nuevo comienzo: «no es el final, es el principio de empezar a vivir como cristiana». Y concluye: «estoy muy feliz y muy en paz».
Finalmente, Mariela González, joven hondureña de 32 años ha culminado su proceso de iniciación cristiana tras un camino marcado por dudas, dificultades familiares y un profundo deseo de vivir la fe con coherencia.
Procedente de un entorno cristiano no católico, reconoce que en su familia «había mucho debate» y su madre no estaba de acuerdo. A pesar de esto, «cuando escuchaba el Evangelio católico, sentía una paz muy profunda».
El punto de inflexión llegó en un retiro espiritual: «empecé a llorar y sentí una llamada muy profunda». Desde entonces, decidió iniciar su camino sacramental y bautizarse, todo ello apoyada por su marido, «un pilar muy importante» con quien comenzó a ir a misa; en un proceso que no ha sido fácil y que finalmente desembocó en su matrimonio, ya que aún no estaba casada con su pareja. «Mi vida ha dado un giro para bien, estoy más en paz».
Catecumenado, respuesta al anhelo humano
María Barber, delegada de Anuncio, Catecumenado y Catequesis, explica con las palabras del papa León XIV: «la absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada, una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida y el progreso material por sí solo no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano».
Según han destacado, el catecumenado de adultos, que en la diócesis lleva implantado 20 años, está respondiendo a los cambios sociales y dando muchos frutos. Barber concluye explicando:«el corazón del hombre está siempre anhelando más, anhelando eternidad, un amor que no se acaba y un sentido que dé dirección a la vida, y en ese contexto, cuando alguien que ha volcado su energía en otras promesas se encuentra con un testigo que vive el amor de Dios, algo cambia».







