Hoy comienzo contando que: un buen día nos presentaron y me llamó la atención su capacidad de seducción, pero yo, tan poca cosa a su lado, pensé que nada debía temer.
Era amigo de mi amiga Sara, y yo con Sara íntimas desde hace más de veinte años: que si quedamos a comer; que si quedamos a cenar; que si alguna noche ha pernoctado en mi casa cuando la velada se ha prolongado hasta el amanecer.
Sara y él también quedaban de continuo. Hasta el punto de pensar si habría algo entre ellos, a lo que Sara, siempre tan resuelta, contestaba que no. Que era cierto que la acompañaba muchas veces, que su seducción era grande, que sus ganas de conquista eran enormes, que se volvía loco con las piernas desnudas, que era tórrido…, pero que a ella por el momento la respetaba. Sabía que muchas otras amigas de Sara habían caído en su calor: las piernas, los pies, las manos…, para acabar todas igual: dolidas y más dolidas, sin ganas de volver a verle; sin querer hablar de él y menos con él. La mayoría habían jurado huir; pero otras, en cambio, pese al sufrimiento, inconscientes, habían vuelto al coqueteo para acabar de nuevo presas de sus ardientes redes.
Me lo contaban y no me lo creía. Sí le conocía; habíamos estado próximos más de ocho o diez veces, pero siempre pensé que mis piernas no eran su tipo. Que yo ya no tenía edad para coqueteos, pues he de aclarar aunque me duela, que Sara es más joven que yo, y que las otras amigas de Sara también lo son: es lo que tiene la amistad, que llega y se establece. Pensé que iba a pasar de mí, tal vez no era su tipo, tal vez me iba a respetar. Pero ocurrió.
Llegó la primavera calurosa y yo, que de siempre he tenido unas piernas atractivas, las dejé al aire para que los primeros rayos hicieran su efecto bronceador y beneficioso sobre la piel. Me llamó Sara exultante para que la acompañara, pero me advirtió que iría él. No puse reparos. Nos conocíamos y además iba a ser un momento. Pero ocurrió. Nada más verme elogió mis piernas (primer rubor). Luego, hizo varias tentativas de acariciarlas (sin conseguirlo). Y por último, sin mediar palabra, me plantó un ardiente beso en la pierna.
Me quedé paralizada. Primero, me embargó la sorpresa. Segundo, me dejó sin habla. Después reproché su osadía. Y al final, me brotaron dos lágrimas ante su inexpresiva mirada de vencedor, mientras mi dolido ego pasaba a formar parte de dos negras listas: la de sus triunfos y la de las marcadas.
Pedí a Sara que me llevara de vuelta a casa. Él, con toda desfachatez también nos acompañó. Mientras me despedía de mi amiga le rogué al oído: “ten mucho cuidado y no te fíes”.
Y ahí estuve en mi casa una temporadita, con la pierna en alto, vendada, protegiendo la enorme herida que me hizo el beso de fuego del tubo de escape de la moto de Sara.
El ardiente beso fue de libro. Me afectó a la voz, me llevó hasta la luna sin pasar por Cabo Cañaveral y me la dibujó en la piel para el recuerdo.
Nunca sabes si será el último, y luego arrepentirse no sirve de nada
¡Ay el beso! Tan sencillo y barato, y cuánto cuesta darlo o recibirlo. Quedan descartados los besos filiales porque esos están en primera línea (aunque en algunos casos también escasean por desgracia dentro de cualquier escalón familiar, ascendente o descendente).
Parece que nos besamos pero no es cierto. Muchos besos se escapan cuando el gesto es chocar mejilla con mejilla: son besos sin valor, de cortesía. Otros van al aire: cuando el gesto es besar los dedos de la mano y ofrecerlos desde lejos. Otros van por pantalla: son besos con menos pudor, fáciles, cómodos, con los sentimientos que cada cual quiera pero sin el compromiso de la proximidad, pero sí con bonitos emoticones que no cuesta nada enviar y recibir al segundo. Todos son válidos y se revalorizan con el afecto que se le añada.
Sin embargo, cuánto cuesta dar besos en la rutina de cada día, y besar es muy importante. Al levantarse, al acostarse, al salir de casa, al llegar, porque nunca sabes si será el último, y luego arrepentirse no sirve de nada. Pero sin saber por qué se levantan muros en las rutinas cuando se deberían tener las puertas abiertas; debemos revisar los besos que damos y los que se nos olvidan. Lo que hay que tener en cuenta es que la filematología proporciona gran bienestar emocional. Eso sí, evitando y/o denunciando los besos no consentidos.
La filematología proporciona gran bienestar emocional. Eso sí, evitando y/o denunciando los besos no consentidos.
¡Ay el libro! Contenedor de palabras, historias y sentimientos; sanador de males y amigo fiel, aunque Cervantes dijera que Alonso Quijano perdió el juicio de mucho leer; eran otros tiempos, porque está comprobado que leer ayuda grandemente a la salud.
¡Ay la Luna! Misteriosa, influyente, guerrera, hipnótica, inspiradora, como lo hizo con Julio Verne (De la Tierra a la Luna, 1865), donde el proyectil de novela auxiliado por el monstruo cañón Columbiad, ha pasado a ser Artemis II y la cápsula Orión. Un sueño de libro hecho realidad, pues pedir deseos a la Luna es jugar con ventaja porque los concede, como ayudar a nacer en luna llena, o eso dicen.
¡Ay la voz! Que nunca callen las voces que dicen verdades, que reclaman besos, que declaman palabras, que hablan con la luna o a la luz de la luna. El cuidado de la voz es imprescindible para el bienestar social y el personal, y eso implica también atender a “la voz que se proyecta” y a “la voz interna, la voz de la conciencia”.
Hoy mi conciencia (o inconsciencia) se ha dejado llevar por el Día de la creatividad y la innovación (21 de abril, según ONU) para ofrecer este pequeño pero veraz relato a cuenta del Día del libro (23 de abril, según la UNESCO), donde cada año se otorga a una personalidad de las letras el Premio Cervantes que en este 2026 ha sido para Gonzalo Celorio, al que damos la enhorabuena.
Sin olvidar el Día de la salud (7 de abril, según la OMS), el Día de la voz (16 de abril, según la Federación de Sociedades de Otorrinolaringología) y el Día del beso (13 de abril, en recuerdo al beso de amor más largo de la historia y que consiguió ingresar al Libro Guinness de los récords: 58 horas, 35 minutos y 58 segundos).
Con la mezcla creativa de estos ingredientes: beso, libro, voz y luna, me despido, pero espero que nos veamos en la Feria del Libro de Boadilla, los días 9 y 10 de mayo, en los jardines del Palacio, a la sombra del querido infante Don Luis.







